Etiqueta: Delírium trémens

Te invito a mi casa

–Vamos a mi casa –le dije.
–No, vos algo me querés hacer, –soltó su mano de la mía–, mejor ya llevame a la mía.
–Vamos a mi casa –repetí–, vamos a ver una película, porno.
–No puedo, ¡mirá la hora que es!
–Vamos a mi casa, –dije.
–¡Que no quiero! –gritó.
–Vamos a mi casa –me acerqué a ella y apreté con fuerza su blanco cuello–, ¿te gustaría ir a mi casa?
–Quiero ir a tu casa –dijo, llorando.

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Delírium trémens tres

Estaba en la universidad esperando a María, mi hermana, y ya estaba un poco cansado de esperar, me sentía aburrido, y cuando me aburro me deprimo. Yo había salido un poco antes de clases, más bien, me había salido un poco antes de las jodidas clases…
fui a dar una vuelta por ahí, para estirar las piernas. Me encontré con unos viejos amigos, me invitaron a beber un poco y bebimos en abundancia.
Recordé que debía ir por María, lo había olvidado, me levanté de la silla y me di cuenta de que ya estaba bastante borracho, pero logré caminar sin tropezar en ningún lado, la gente ni siquiera notará que estoy ebrio, pensaba. Llegué hasta el edificio en el que recibía clases María, siempre la esperaba en el mismo lugar. Para cuando llegué allí, si que me sentía muy borracho, ya no podía mantenerme en pie, toda la mierda a mi alrededor se movía y las personas estaban todas borrosas.
Me arrastré por el piso hasta llegar a un asqueroso baño de mujeres, ¡Dios santo! las cosas que vi allí, las mujeres escriben obscenidades más repugnantes que las que escriben los hombres en las paredes… no sabía que las mujeres eran así.
Me lavé la cara, en especial los ojos porque casi no veía nada, quizá lo de las paredes solo fuera idea mía, o quizás las mujeres si eran unas malditas pervertidas.
Salí del baño y di un par de buenos pasos y entonces me caí de nuevo. La gente me veía y se estaban empezando a alarmar.  —Mierda, solo falta que avisen a los guardias —pensé.
Vi un par de mierdas apestosas con sus bien planchados uniformes verdes avanzar a lo lejos, —vienen por mí.
Me encontré a unas amigas en un pasillo, o más bien fueron ellas las que me encontraron a mí, —te tenemos que sacar de aquí —dijeron. Y me cogieron por los brazos y me llevaron hasta su carro, con mucha dificultad claro. Me subieron al jodido carro y lo arrancaron, se empezaron a burlar de algo, quien sabe, quizás de mí.
Iban jodidamente rápido, o al menos eso era lo que yo sentía, me sentía como en una jodida montaña rusa. Yo les suplicaba que fuesen más despacio, yo sentía que nos estrellaríamos en cualquier momento. Me sentí como cuando era niño y mi papá borracho se le ocurría que daríamos un paseo en la moto a toda velocidad, conducía como un maldito loco mientras yo iba muerto de miedo orinándome los pantalones y sin poder respirar con todo ese aire dándome con fuerza en la cara.
Mis amigas me llevaron a un parque, ¡creí que me llevarían a mi casa! Yo era como su juguete o algo así, se divertían con el payaso borracho y asustado. Ellas se bajaron del carro y se alejaron un poco, iban a pagar unas entradas o algo. Por alguna extraña razón, yo no quería entrar en aquel parque, tenía mucho miedo, un miedo terrible, casi infantil.
Yo me sentía muy mal, solo quería que me llevaran a mi casa, tirarme en la cama y dormir por una semana.
Ellas empezaron a gritarme, ya tenían sus jodidas entradas en las manos. Mientras tanto, yo descargaba una enorme vomitada; mientras vomitaba no me había dado cuenta que estaba a la orilla de un barranco… no sé qué pasó después.
La culpa fue de mis amigas por dejar solo a un niño a la orilla de un barranco.