Día: 24 noviembre, 2017

La cucaracha en el castillo

Era mi primer día trabajo y también mi primer trabajo, así es, el primer trabajo de mi vida. Siempre lo había tenido todo, pero las apuestas y las mujeres me lo habían hecho perder todo, sí, perdí todo la heredad de mis padres; empecé a apostar, y tuve una muy buena racha por algún tiempo, sí amigo, me iba bien en los casinos, la suerte estaba conmigo; las mujeres estaban conmigo… pero llegó el declive y el vicio al polvo y el vicio a las apuestas me fueron dejando sin nada hasta que un día perdí todo, y lo único que me quedaba era la casa que algún día mi padre construyó con tanto esfuerzo. Así es, era una casa pequeña, vieja y vacía, pero era lo único que conservaba de mi herencia, ah, también un viejo y ciego perro que parecía que nunca moriría.
En mi casa no había luz ni agua, hacía meses que no pagaba las cuentas, cuando de vez en cuando conseguía algo de dinero iba y lo apostaba, casi siempre perdía, la suerte me había dado la espalda…
Entonces revisé en el periódico ofertas de trabajo, sí, había varias ofertas: “se necesita mesero con al menos tres años de experiencia”, “se necesita ayudante de cocinero (lava platos)”, jardinero, bodeguero, etc., etc… llamé a todos esos números que aparecían en el periódico y me dijeron que me presentara a varias entrevistas. Llegué un poco tarde a mi entrevista a lo de bodeguero, pero, me dijeron que había una vacante en el puesto de fumigaciones de insectos. Lo tomé. Firmé unos papeles y obtuve mi primer trabajo, ¡que linda experiencia! Estaba seguro que sin duda era el peor trabajo del mundo. Me llevaron a un oscuro y frío cuarto y me mostraron algunas cosas; herramientas de trabajo y eso, máscaras y trajes especiales, oh, lo que daría porque fueran espaciales… sí, yo también alguna vez fui niño y soñé con viajar a la luna y darle una buena mordida ya que se decía en los cuentos que yo leía que era de queso, y del buen queso.
Me puse mi traje que se parecía al de los casa fantasmas y subí a un carro que tenía motivos de cucarachas, ratones y todo tipo de bichos raros. Sí, solo era el chofer y yo, en una camioneta vieja y llena de químicos altamente peligrosos y escuchando una música terrible, mi falta de confianza y mi buena educación me impidieron pedirle amablemente a mi compañera que apagara esa mierda que estaba escuchando. Empecé a sentir sueño, la camioneta apestaba a medicina, yo estaba seguro que eso olor era el causante del sueño tan pesado que estaba sintiendo. La música se fue haciendo cada vez más tolerante hasta llegar al punto que incluso llegué a sentir en cierto gusto por ella, sí, me gustaba, el sueño me venció y me quedé dormido no sé cuánto tiempo, cuando desperté mi compañero aún seguía conduciendo y fumaba tarareando sus canciones. El tiempo había cambiado mucho, después de un día soleado y caluroso había pasado a un día oscuro, lluvioso y frío. Le pregunté a mi compañero que si ya íbamos a llegar, el no respondió nada, solo hizo una especie de mueca de lo que parecía ser una sonrisa. Me dolía la cabeza y sentí nauseas, el olor de esos insecticidas me estaba intoxicando. Le pedía a Dios que llegásemos pronto a donde sea que fuéramos, necesitaba urgentemente respirar aire fresco y estirar las piernas. Seguimos hasta llegar a una calle de tierra con mucho monte alrededor, monte seco agitado por el fuerte viento, cerré la ventana que había abierto hace poco para evitar el erizante frío; un frío tan helado que penetró hasta lo más profundo de mis tuétanos. Le pedí a mi compañero que se detuviera un momento, hacía rato que me había estado aguantándome las ganas de dar una meada, pero me había estado aguantando para no tener que salir y soportar ese demoledor viento frío… pero ya no pude más y le pedí a mi compañero que se detuviera un momento para orinar, mi compañero detuvo el carro de abruptamente y de mala gana, salí corriendo para evitar el menor sufrimiento del frío. Me paré frente a un matorral y escupí un buen chorro, las piernas me temblaban de lo helado, subí el cierre de mi pantalón y regresé corriendo a la camioneta. Arrancamos a toda velocidad dejando tras de nosotros una enorme huella de lodo. Todavía recorrimos un par de kilómetros más hasta llegar a un pequeño poblado. Había varias casuchas por todas partes, cosa extraña era no ver a nadie en las calles. Nos detuvimos frente a lo que parecía un bar y mi compañero se bajó de la camioneta para pedir información respecto del castillo. La señora del bar le dijo a mi compañero que desde aquel pueblo no había forma de llegar al castillo, así era, ningún camino conducía a las puertas del castillo. Entre otras cosas la señora del bar nos dijo que en el castillo solo vivía un viejo anciano llamado Gregorio, al que tenían no sé cuántos años sin ver, incluso se llegó a creer que quizás ya había muerto en aquel solitario castillo. Eso era lo que se rumoraba entre los moradores de aquel pueblo olvidado de Dios.
Mi compañero compró cerveza y ron y bebimos para calentarnos, la noche se acercaba, y el frío era cada vez más intenso. La anciana había dicho que la única forma de llegar al castillo era atravesando un par de montañas que habían a nuestro alrededor, lo que conllevaría un viaje de al menos dos días ya que no había forma de llegar en camioneta y era preciso hacerse del alquiler de un par de buenos caballos. Pero ni mi compañero ni yo sabíamos montar a caballo, por lo que en lugar de caballos nos alquilaron un par de pequeños y hermosos ponis…
La señora del bar nos dio posada por esa noche, nos ofreció café y un par de galletas, no era la gran cosa, pero ella no tenía mucho que ofrecer. Éramos los primeros forasteros que llegaban desde hacía quien sabe cuánto tiempo. Las pocas personas que estaban en el bar nos observaban con mucha curiosidad, era por nuestros trajes de los casa fantasmas seguramente. Alquilamos una habitación para ambos ya que el presupuesto no ajustaba para un cuarto para cada uno, por lo que tuvimos que compartir cama, cosa que no me agradaba para nada, y menos a mi compañero el gruñón.
La buena señora después de retirar la mesa nos llevó hasta nuestra habitación, era pequeña y olía a humedad y a otras cosas indescifrables… nos acomodamos cada uno a un lado de la cama, y sin decir mucho, sin platicar casi absolutamente nada, apagamos las luces para dormir… minutos después mi compañero roncaba, ¡Dios solo había pasado un minuto y el gordo ya estaba roncando! Yo aunque hubiese tenido tapones para los oídos, jamás hubiese logrado pegar un ojo. Me sentía muy cansado, pero no tenía sueño, tampoco podía hacer mucho, no podía encender la luz o caminar; dar vueltas por el cuarto porque sin duda eso molestaría al gruñón de mi compañero, por lo que no tuve más remedio que cruzarme de brazos mirando al techo y empecé a fantasear con el castillo.
Al final logré dormir un par de horas, soñé con el castillo; el castillo estaba lleno de cucarachas, habían millones… en el sueño yo pensaba, y creía firmemente que la única forma de acabar con las cucarachas era incendiando el castillo.
La señora de la casa nos alistó los ponis y nos sirvió un humilde desayuno antes de despacharnos a mi compañero y a mí. Hacía frío, demasiado, ¡cómo extrañaba el sol!
No había ni un rayo de sol, nada, todo era gris. Subimos a los ponis y emprendimos nuestro camino al castillo.
Los ponis eran lentos, pero fuertes, era un terreno difícil incluso para un caballo. Pero nuestros ponis lo hacían muy bien. Nos adentramos en el bosque, siguiendo un único sendero entre las montañas que conducían al castillo de Gregorio… mi compañero y yo no había dicho palabra alguna desde que salimos de casa de la señora del hotel, ambos estábamos muy callados, como asustados, como si tuviésemos un mal augurio. Yo tenía miedo. Era un bosque oscuro y solo, y el único ruido que se escuchaba era el del viento al pasar entre los árboles.
Al fin llegamos a las enormes puertas del castillo, era un castillo más grande de lo que yo jamás hubiese imaginado, ¡Dios, mandan a dos hombres a combatir una plaga a un lugar así de enorme! Acaso no se necesitaría un ejército de soldados con estos estúpidos trajes de los casa fantasmas para enfrentar lo que sea que hubiese allí dentro.
Después de casi diez minutos tocando las enormes puertas del castillo al fin apareció una anciana, como de unos ochenta años, quizás más, dijo llamarse Samsa… la señora Samsa nos invitó a entrar en el castillo y nos dijo que la plaga estaba en el último piso del castillo. Dijo que ella estaba muy anciana para ir tan arriba, pues había que subir casi doscientas escaleras para llegar al destino. La señora Sansa dijo que nos esperaría abajo mientras nosotros hacíamos el trabajo, dijo que mientras tanto nos prepararía unas galletas y algo de tomar, sí, eso nos animó mucho, teníamos hambre, yo moría de hambre.
Sin esperar un minuto más mi compañero y yo empezamos a subir escalones hasta nuestro destino, desde el inicio había empezado a contar cada uno de los escalones para asegurarme que la anciana decía la verdad… ¡pero nos mintió! ¡Eran más de doscientos escalones! Llegamos sin aliento y sudando a chorros al final, al último piso del castillo, donde no esperaba una gigantesca puerta roja con la llave puesta en el cerrojo. Preparamos los químicos afuera, y nos pusimos nuestras respectivas máscaras. Mi compañero se adelantó y giró la llave, entramos, era una habitación enorme, pero parecía que nadie hubiese entrado en mil años, estaba oscuro y la luz no funcionaba muy bien, la poca luz que entraba se filtraba por las rotas cortinas de las ventanas.
Empezamos la fumigación, creo que mi mascara no estaba muy en buen estado, estoy seguro de que estaba aspirando todo ese veneno, lo sentía entrar por mi nariz y quemar mi garganta, y asfixiar mis pulmones… solo quería que eso terminara. Entonces sucedió, en medio de la nube de humo que teníamos vimos una enorme sombra caminar sobre nosotros en el techo, el humo impedía ver claramente pero estoy seguro de lo que se movía en el techo no era algo normal, había algo mal, algo maligno en aquella habitación.
Le dije a mi compañero que había algo raro en el techo, me gritó desde donde estaba que seguro era alguna cortina vieja. Me consolé en pensar que mi compañero tenía razón y que eran mis nervios que me estaban afectando. Pero entonces escuché un ruido, como de muchas patas corriendo, mi compañero gritó horrible, luego absoluto silencio. No sabía si acercarme hasta donde había escuchado el grito o salir corriendo por la puerta que aun permanecía ligeramente abierta. Con todo el miedo del mundo me acerqué a tientas en medio del humo que ya empezaba a disiparse, fue entonces cuando lo vi. Lo vi todo. Había una enorme cucaracha encima de mi compañero, ¡se lo estaba comiendo! Se me escapó un grito, di media vuelta y me di cuenta de que mis piernas tardaban un poco más de lo normal en reaccionar, como cuando estás en una pesadilla y tratás de correr y no podés. No sé cómo llegué hasta la puerta pero ahora estaba cerrada. Escuché pasos afuera alejándose, ¡la vieja Samsa le había puesto llave a la puerta! Le grité llorando, le supliqué que me abriera la puerta, grité y grité, insulté y maldecí a la vieja. Me quedé de rodillas ante la puerta roja, llorando de miedo y cuestionándome si acoso no estaba soñando…
La vi acercarse, la vi acercarse lentamente hasta mí…

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